“La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos”.
Proverbios 18:21
Lengua, un pequeño miembro del cuerpo que encierra un poder insospechado, un elemento que faculta al hombre para comunicarse valiéndose de innumerables signos y símbolos, permitiéndole introducirse en otros universos. Es decir, la lengua nos permite expresar sentimientos, pensamientos, deseos... todo lo que se anida en el corazón del hombre y, por consiguiente, le permite vincularse con sus semejantes. La historia y el presente son testigos de su dominio, por eso no es extraño encontrar en cada civilización referencias a su valor y considerables advertencias acerca de la perversa utilización de las palabras.
Es un instrumento tan poderoso que puede conquistar o desbaratar reinos, llevar a la gloria o hundir en el infierno, o simplemente levantar el ánimo del alma abatida. Puede ser un bálsamo reparador cuando pronuncia la palabra “perdón” al que creía que viviría eternamente bajo las cadenas del odio, y es gloriosa medicina cuando el cansado escucha “puedes descansar aquí”. ¿Quién no ha sido reconfortado luego de estar horas en deliciosa conversación con un sabio? (¡Atención! Un sabio, no un sabelotodo), como dice Anne Morrow Lindbergh: “La buena conversación es tan estimulante como el café negro y, al igual que éste, quita el sueño”.
¿Quién no agradece mil veces que una lengua entendida lo saque del abismo sin sentido de la soledad y la tristeza? Una palabra amable es mucho más subyugadora que gritos estentóreos o palabras soeces. Es la lengua veraz la que puede resolver conflictos y evitar injusticias. Cuanto tiempo, dinero, esfuerzo y dolores de cabeza hubiéramos evitado sí; en los sonados juicios que últimamente han desatado un sin fin de contradicciones y herido tantas susceptibilidades, lenguas veraces hubieran levantado su voz para deshacer el entuerto. Hoy, cuando creer en la palabra de otro ha perdido casi totalmente su valor, es precisamente, cuando necesitamos escuchar la verdad.
Fue la lengua la que permitió la perpetración del genocidio más espantoso que ha conocido el planeta, pues fue Hitler con su grandilocuencia quien envolvió a centenares de jóvenes que escucharon sus arengas. Esos adolescentes fueron convencidos sutilmente, a través de palabras llenas de aparente excelencia y virtud, para luego ensañarse con absoluta crueldad contra millones de seres, que hacía poco tiempo eran sus compañeros de juegos.
Es también portadora de muerte, cuando se ha destruido la reputación de una persona con o sin justa razón. Un comentario mal intencionado es, en la mayoría de las ocasiones, mucho más mortal que una daga envenenada, pues va taladrando los sentidos hasta que explotan rencores y dolores que tal vez no sanen, pero que en definitiva, acaban con ilusiones, sentimientos y creencias.
¿Cuántas veces nos hemos preguntado, cómo fui capaz de herir de esa forma a quién más quiero? ¿Cuántas veces hemos dicho, “lo dije sin querer”? ¿Es realmente sin querer que lo decimos? ¡Ojo con esa saeta mil veces afilada! La lengua sólo pronuncia lo que antes ha estado maquinándose en los recónditos parajes de nuestra mente, y sólo el alma es la verdadera responsable de lo que brota de ella.
Meditando en todo esto, creo que necesitamos aprender a callar, valorar el silencio como el más preciado de los tesoros. Si no es palabra para alegrar el corazón o edificar a nuestros semejantes, es preferible morderse la lengua. Cuando niña escuche una historia y es más o menos así: Laurita le fue a contar a su mamá algo que le habían dicho de Lolita, la señora respondió: “¿Ya pasaste ese comentario por los tres tamices?” -“No mamá, ¿cuáles son?” Su madre responde: “El primero es ¿me consta que es cierto? El segundo, ¿hace daño a alguien? Y tercero ¿Tengo que decirlo? Si lo que tienes que decir pasa las tres pruebas, puedes contármelo. Entonces, ¿qué me ibas a decir?” Obviamente, Laurita calló.
Esta sencilla historia nos ilustra la tremenda importancia de meditar nuestros comentarios, aprender a callar en el momento preciso, de tal forma que no lleguemos a estar envueltos en necedades y truhanerías. O bien, callar por el cándido placer de disfrutar de instantes tan personales y propios que únicamente nosotros tenemos la oportunidad de dar fe de ellos. Enseñar a la lengua a utilizar el silencio es severamente útil (y muy eficaz), pues éste puede tomar un sinfín de interpretaciones.
Retomando el proverbio con que empieza este escrito, es realmente vital entender que comeremos el fruto de nuestra lengua, ya sea para vida o para muerte, riqueza o pobreza, felicidad o tristeza. Es mi responsabilidad administrar correctamente mis palabras, cada pensamiento que la lengua exprese. Mis palabras no sólo me afectan a mí, sino a un sinnúmero de personas que son los receptores de mi filosofía. Finalmente, no puedo dejar de mencionar el proverbio de Salomón: “Aún el necio cuando calla es contado por sabio”.


3 comentarios:
Excelenta sigue con esos aportes tan interesante
Claro que si, Rosario, espero siempre tener un aporte valiente...
Asbeth, que texto tan lindo y lleno de la frescura textual que te caracteriza, ya la extrañaba. Sin duda, la lengua, "esa saeta mil veces afilada..." es la que define nuestro ser como humano, por eso es vital emplearla con cordura en todos los aspectos. Interesante.
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