
Compra la verdad, y no la vendas; La sabiduría, la enseñanza y la inteligencia. Proverbios 23:23
Hay algo que no deja de incomodarme. ¿Cuál será esa pulga en mi espalda? Mis queridos amigos es, ni más ni menos, que La falta de pantalones para disentir con dignidad. No soporto que en publicaciones de cualquier tipo y últimamente en opiniones políticas, se responda con lenguaje altisonante, grotesco e insultante. ¿Por qué extraña razón, poco ortodoxa por cierto, perdemos la oportunidad de escuchar argumentos y puntos de vista diferentes a los nuestros? ¿Por qué me atrevo a decir que no los escuchamos (o no los leemos)? Para la muestra un botón. Un amigo está publicando caricaturas de Paco Palafox y ¡sálvese quien pueda! Sin detenerse a analizar la intención o la caricatura, saltan los más “espirituales”, igual que saltaban sus antepasados de los tiempos de la iglesia primitiva. ¡Horror! ¡Jesús sanó a una mujer el sábado! ¡Qué bárbaro! ¿Cómo se le ocurre desatar a la hija de Israel de las garras de Satanás en el SAGRADO “Día de Reposo”?
Hago un alto en mi disertación para dejar sentado que estoy convencida que SI HAY UNA VERDAD ETERNA Y ABSOLUTA. Hace rato que compré esa verdad (no la pagué yo, pero la compré) y por ningún motivo la voy vender. Y esa Verdad me ha enseñado que el Reino pertenece a los mansos, a los humildes, a los que son perseguidos por causa de la Justicia. También me ha enseñado que los valores del Reino son diametralmente opuestos a los del Mundo. Así las cosas, la Verdad sabía de la posibilidad de no estar de acuerdo en asuntos que no son la verdad eterna (asuntos diferentes a Salvación y a la ética del Reino). Por ejemplo, el largo de la falda, el largo del pelo, comidas, bebidas, libros, partidos, equipos de fútbol, etc. Y dijo la Verdad en ese magnífico sermón del que hemos hecho tanto alarde (pero muy poca práctica, y lo digo por mi…), “Ama a tu enemigo”, para que entonces seas diferente a los paganos; dice también no llames “necio a tu hermano”, pero tampoco te deleites insultando a tu enemigo, o para este caso, a aquel que se atreve a disentir de tus puntos de vista.
Cuando se abre un tema, especialmente en las redes sociales o en la prensa cotidiana; es tan triste que siempre sale, por lo menos uno, con un comentario desobligante, y no te estoy hablando de “no creyentes”. Te hablo de “hermanos”, incluso personas que considero de respeto por su edad, posición y dignidad. ¿Qué estamos testificando a las nuevas generaciones? “El que no está de acuerdo conmigo es un completo idiota.” Mis amigos, si leyéramos atentamente la historia, encontraríamos que los héroes tuvieron que salirse del molde para ser hacedores de historia. Nada más piensa en Jeremías, parándose en la entrada del templo a vocear cosas que nadie quería escuchar. Como su Palabra fue totalmente opuesta a lo que deseaba el rey, lo mandó a la mazmorra y espero que sepamos el resto de la historia. Interesante que el rey envía por un profeta para que le dijera lo que él quería escuchar, siguiendo el ejemplo de uno de sus antecesores que en tiempos de Josafat, el cual no recibió la Palabra de Micaías y envió por Quenaana para que le dijera lo que él quería escuchar.
Lo más grande en todo este fenómeno de tolerancia laxa, es que no se puede apreciar un debate de ideas o razones sino de insultos físicos, espirituales, familiares… ¿y ese afán tan bárbaro de agregar sobrenombres ofensivos? (¡OJO! Habló a todos los bandos). Observemos lo siguiente: En caso de que quede de presidente “Aquel cuyo nombre no debe ser nombrado” con qué cara podrás llamarlo “Sr. Presidente” si durante la actual campaña le han puesto cualquier cantidad de remoquetes e insultos. Y digo “le han puesto” porque, aunque estoy en busca de conspiraciones y de “culpables”, me cuido mucho de no usar nombres peyorativos u ofensivos contra figuras de autoridad aunque cuestione sus acciones (para lo cual tengo todo el derecho como ciudadana terrícola y del cielo). Y mucho menos puedo estar satisfecha con aquellos que no saben argumentar o presentar pruebas fehacientes; ignorando algunas evidencias incuestionables dejándose llevar por la emoción de la masa.
Pido, con toda humildad, que utilicemos las herramientas a nuestro alcance para ejercer el precioso derecho a debatir, a ejercitar el derecho a ser escuchado pero también el deber de escuchar las opiniones del resto de los seres humanos. Nos sorprenderíamos al permitirnos conocer las experiencias y riquezas en asuntos en los que la Verdad nos da la libertad para disentir.

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